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ANIMACIÓN

La caridad de Cristo nos urge a la Misión

Antonio Molina, c.m

San Pablo, en su segunda carta, a la comunidad de Corinto nos ayuda a comprender, hoy, cómo la vida apostólica, con toda su complejidad y padecimientos por Cristo, es el mejor testimonio del Evangelio que debemos anunciar; la mejor forma de demostrar la fuerza que Cristo comunica a quienes saben vivir unidos y coherentes a su ministerio. Dios no sólo ha reconciliado consigo al mundo: ha establecido el servicio o ministerio de la predicación para anunciar al mundo esa reconciliación. El ministerio apostólico es este servicio a la reconciliación. Cuando el Apóstol, por su predicación ofrece a los hombres la reconciliación, la anuncia como algo ya sucedido que cambia éste nuestro tiempo en tiempo de salvación. Por este servicio, la acción reconciliadora de Dios puede alcanzar y comprometer a los seres humanos en nuestro mundo y en nuestro tiempo. El servicio apostólico entra dentro de la realidad del designio salvador de Dios. Por ello, Pablo habla como mensajero de Cristo. Suplica en lugar de Cristo. Dios y Cristo mismo están tras la predicación de Pablo y hablan por él. La palabra de Pablo es palabra de Dios. El amor de Dios y de Cristo a la humanidad es el que urge, apremia, llama, mete prisa a la misión que la Iglesia tiene encomendada.
El Apóstol se siente profundamente apasionado por Cristo. Su amor es la fuente evangelizadora de su apostolado, de su celo apostólico. El Evangelio de Marcos expresa que “la caridad de Cristo que se compadece de la muchedumbre (cf. Mc 8, 2) es la fuente de toda nuestra actividad apostólica y nos impulsa, según expresión de S. Vicente de Paúl, a “hacer efectivo el evangelio”.
La Iglesia, de todos los tiempos, ha tenido clara esta exigencia de su fe y misión. El Concilio Vaticano II abundó en ello y los Papas posteriores nos lo han ido recordando de varias formas y en distintos momentos. “El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la tarea de la construcción del mundo, ni les empuja a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga a llevar a cabo esto como un deber” (NMI, 52: Carta apostólica “Al comienzo del nuevo milenio,
nº 52, Juan Pablo II).
El amor de Dios se manifiesta en la misión y por la misión: El Padre nos da a su Hijo, lo envía para evangelizar a los pobres y salvar al mundo. El Padre y el Hijo nos envían al Espíritu que prosigue su obra en el mundo y cumple toda la santificación. En la obra de la creación, las tres personas de la Stma. Trinidad actúan juntas, en la Redención cada una tiene una función distinta. San Vicente contempla la misión del Hijo ante todo, en el designio eterno de salvación que pasa por el amor de Cristo a la humanidad y por la obediencia al Plan de Dios.
“La obra de la Evangelización supone en el evangelizador un amor creciente hacia aquellos a los que evangeliza… Será una señal de amor el esfuerzo desplegado para transmitir a los cristianos certezas sólidas basadas en la palabra de Dios, y no dudas o incertidumbres nacidas de una erudición mal asimilada.
Los fieles tienen derecho a ellas en cuanto hijos de Dios, que poniéndose en sus brazos, se abandonan ¬totalmente a las exigencias del amor” (EN, 79: Exhortación apostólica El anuncio del Evangelio, nº 79,
Pablo VI).
Esta exhortación, nos pide a nosotros, cristianos y vicencianos: encarnación, cercanía, coherencia, solicitud.
1. Nuestro momento y nuestro tiempo nos interpelan: Debemos mirar y sentir el fenómeno de la globalización con el dolor que causa la polarización social, que no para de dividir y paralizar la convivencia social y el desarrollo de la justicia: sentir, con dolor y temblor, el poder de la economía, la utilización de la cultura, la explotación, los conflictos y la violencia de diversa naturaleza, pero casi con una misma causa: injusticia social, pobreza lacerante, impunidad y corrupción generalizadas…, así como los efectos que ocasionan en la degradación y pérdida de las vidas humanas.
La caridad es el principio de la vida y del hacer de la Iglesia en el mundo. Es el corazón de toda auténtica evangelización. Por amor, la Iglesia toma la iniciativa y sale al encuentro de lo perdido, del pobre y del que sufre. Por amor se compromete a servir la esperanza depositada por Dios en el corazón de la creación. Los discípulos del Reino se sienten impulsados a caminar en el amor del Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos, y caer la lluvia sobre justos e injustos (Mt 5, 45) La gratuidad y la universalidad son las notas esenciales de la acción evangelizadora de la Iglesia. La caridad es siempre progresiva: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”; “sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6, 36), dice Jesús. Y San Vicente nos recuerda que “el amor es infinitamente inventivo”.
La comunidad eclesial tiene la misión de desarrollar la comunión filial y fraterna de los llamados a formar el pueblo de Dios. Fundada por Cristo para ser signo e instrumento de su amor salvador en la historia, la Iglesia debe amar a todos los seres humanos en su situación concreta. Como misterio de comunión y misión, no sería signo del amor de Dios si no toma en cuenta las nuevas situaciones de vida del ser humano, particularmente, los más pobres (cf. NMI, 49).
La Comunidad cristiana ha de ser expresión, sacramento, del amor del Padre, sintiéndose obra de la Santísima Trinidad, modelada, vivificada y sellada como ministerio de comunión y misión. Alimentada con la Eucaristía, la mesa del amor, la mesa de todos, enviada a hacer eucaristía en la universalidad de presencias, dones y servicios, buscando, por todos los medios, ser la Iglesia de los pobres; es decir, que los pobres se sientan en su propia casa, construyendo con ellos el sitio que les corresponde en la Iglesia, en la sociedad, y en la historia.
2. La caridad de Cristo y su misericordia, nos urgen a ver el futuro con esperanza, con los hermanos en la fe y las personas de buena voluntad, construyendo un presente que tienda puentes, facilitando un cambio de actitudes que pase por la conversión a Dios y se traduzca en ir logrando la reconciliación, la paz y la justicia, logrando una vida digna.
Hacer una lectura creyente de la vida, viviendo este tiempo regio mediante la purificación personal, comunitaria y social, como exige el trabajar por “un cielo nuevo y una tierra nueva” en donde habiten la paz y la justicia, construyendo el futuro desde la asunción de responsabilidades del presente, “urgidos por la caridad de Cristo”, trabajando juntos en el reconocimiento de la propia dignidad y la capacidad de relación que expresen el amor de Dios en el amor al prójimo. Amar a nuestra tierra, amar a sus habitantes, amar nuestra vocación y el servicio que cada cual realizamos desde la opción y estado que hayamos asumido en respuesta al bautismo que hemos recibido, logrando una sociedad sin excluidos.
Es la hora de nuestra creatividad, de nuestra imaginación del amor que promueva la capacidad de hacernos cercanos y solidarios con los que sufren, teniendo presente que sólo por amor y nada más que por amor nos perdonarán los pobres el pan que les damos, como nos recuerda el apóstol de la caridad, Vicente de Paúl. Hagamos que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como comportamiento fraterno y de justicia (cf. NMI, 50). Desarrollemos y promovamos la “diakonía”eclesial, como expresión significativa de ayuda, solidaridad, compartir fraterno y comunión verdadera. La imaginación del amor de Dios supone en nosotros ver a los pobres en la luz del misterio de Cristo y su misión.
3. Actuar con responsabilidad: Construir el futuro es tarea de todos. El mandato “id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 19-20) es para toda la Comunidad de Creyentes, de toda raza, nombre y nación. Tenemos mucho camino que recorrer: el anuncio del evangelio, lleva inherente el desarrollo integral del ser humano, el desarrollo de los hermanos que habitan zonas más marginadas, los senderos torcidos que se necesitan enderezar, las hondonadas sociales, políticas, económicas y eclesiales que deberíamos elevar, abrir muchos canales de comunicación para que transcurra el evangelio de la vida.
La creatividad del Amor o imaginación de la caridad exige en todos los creyentes saber conjugar muy bien la escucha contemplativa de María y la actividad de Marta de Betania. Si sabemos discernir la Palabra a la luz de la misión, escuchando el clamor de los pobres, haremos posible que nuestras planificaciones y proyectos evangelizadores sean capaces de unir la primera expresión de la caridad, el anuncio de la Buena Noticia, con el testimonio de vida de pobreza y la acción a favor de quienes viven en la frontera, en la periferia, caídos en la cuneta del camino del “progreso” y el “poderío” humanos.
Necesitamos convencernos de que sólo una Iglesia samaritana puede ser una Iglesia evangelizadora, misionera, siguiendo las huellas del Maestro, que supo como nadie hacerse siervo de todos. Despojándose de todo, anonadado, quitándose el manto y ceñido, lavó los pies a sus discípulos. Estamos llamados a revestirnos de las virtualidades de este amor divino, si de verdad queremos ser evangelizadores y no ideólogos; se trata de una opción de fe, de amor y de esperanza.
La caridad de Cristo nos apremia a vivir para Él y con Él, al servicio de la humanidad. La Iglesia, misterio de comunión, tiene la misión de significar y actualizar el amor de Dios en el mundo y en diálogo con él. El anuncio del Evangelio del Reino de Dios y la acción a favor de los pobres, son inseparables en la misión del Señor y, por lo mismo, en la de la comunidad eclesial (cf. NMI, 50)
En un ambiente participativo y plural, las instituciones de la Iglesia y los cristianos en particular, dedicados a la acción sociocaritativa debemos tomar conciencia del nuevo contexto social en el que hemos de actuar y colaborar, siempre desde los marcadores evangélicos. La medida de nuestra generosidad ha de ser la de Cristo que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.
La opción preferencial por los más pobres, por los últimos será un signo verdaderamente creíble de nuestra condición y misión evangélicas. Toda nuestra acción evangelizadora ha de ser capaz de sembrar semillas del Reino en la marcha de la historia, en el corazón de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con una opción clara y permanente por los excluidos y más débiles, que esperan buenas noticias, con palabras y con gestos de amor.

   
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