FORMACIÓN
La
Vocación Misionera ad gentes
Anastasio
Gil
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Misiones
Subdirector Nacional de las Obras Misionales Pontificias
La
vocación misionera,un don para la Iglesia
En
palabras de la encíclica “Redemptoris Missio”
(La misión del Redentor), “la vocación misionera
es una «vocación especial», que tiene como modelo
la de los Apóstoles: se manifiesta en el compromiso total
al servicio de la evangelización; se trata de una entrega
que abarca a toda la persona y toda la vida del misionero, exigiendo
de él una donación sin límites de fuerzas y
de tiempo”, llegando a esta conclusión: “La vocación
especial de los misioneros de por vida conserva toda su validez:
representa el modelo del compromiso misionero de la Iglesia, que
siempre necesita donaciones radicales y totales, impulsos nuevos
y valientes”.
Rasgos
específicos de la vocación misionera
Hay
algunos rasgos que dibujan en el horizonte el perfil del misionero,
independientemente de su condición eclesial de sacerdote,
religioso, religiosa o laico. Rasgos que, muestran los principales
elementos de la dimensión universal de la misión evangelizadora
de la Iglesia. La dimensión evangelizadora y misionera de
la Iglesia no es un elemento más al que se presta atención
por su urgencia o necesidad. Pertenece a su propia naturaleza constitutiva.
Los bautizados están llamados a evangelizar y los llamados
al sacerdocio o a la vida consagrada son vocacionados al anuncio
del Evangelio más allá de las propias fronteras inmediatas
de la comunidad de pertenencia.
1.
Disponibilidad para la acogida y el diálogo.
Esto tal vez sea uno de los principales requerimientos para el discernimiento,
fidelidad y formación vocacional. Urge desarrollar en la
tarea pastoral vocacional una cierta disposición y capacidad
para la constante acogida y el diálogo con los otros, especialmente
los más necesitados. Implica una disponibilidad radical para
salir de uno mismo, superando cualquier encerramiento egoísta,
para ir al encuentro del otro. Es el encuentro con el más
necesitado, con el más pobre, el enfermo, el pecador. Más
tarde descubrirá que en este proceso de salida hacia el otro
hay algo más que una pura filantropía. Es encontrarse
con el rostro de Cristo al que el llamado está dispuesto
a servir. Hay sobrada experiencia de cómo muchos jóvenes
han escuchado la voz de Dios en el espacio de este servicio a los
más desfavorecidos. Emerge con fuerza el testimonio de tantos
misioneros y misioneras que gastan su vida con alegría y
sencillez entre los más pobres. Quien no es capaz de salir
de sí mismo para ir al encuentro con el necesitado, en la
certeza de que entre ellos se va a producir un diálogo de
recíproco enriquecimiento difícilmente podrá
descubrir que Dios le llama a una entrega total.
2.
Valoración de la realidad cultural de otros pueblos y grupos
sociales
En la pastoral vocacional parece necesario suscitar un amor apasionado
a la cultura y a la vida de los pueblos, más allá
de las propias y reducidas fronteras. La pastoral vocacional está
llamada a abrir horizontes más allá de los propios
intereses que puede encorsetar la vida del grupo o de la comunidad
o de una misma diócesis. Conocer la cultura de los pueblos
y el modo de ser o de decir es el presupuesto para que el vocacionado
entregue su vida al servicio de la Evangelización de la cultura
y de la inculturación de la fe.
3.
Amar “pacientemente” al otro.
El testimonio vital del misionero es un verdadero icono de Dios,
que es rico en piedad, con una paciencia “infinita”.
Quienes trabajamos en la animación misionera cada día
aprendemos de los misioneros la razón fundamental de su entrega
vocacional:
“Alegrarse y gozar con la existencia del otro”. Bien
le iría a la pastoral vocacional mirar con frecuencia al
Dios paciente que sabe esperar y está cierto que “la
hierba también crece en la noche”. Vale la pena traer
a nuestra consideración el trabajo escondido y “estéril”
de tantos misioneros que gastan toda su vida en países y
culturas donde no es posible visualizar el rostro de Dios. Años
sin aparentes frutos, sin conversiones. Ni siquiera pueden practicar
el ejercicio de la caridad porque es mal entendido como una forma
indirecta de predicación del Evangelio. Quienes hemos sido
llamados a esta tarea de la Iglesia hemos de aprender a trabajar
para el futuro, para la eternidad, sin esperar gratificaciones,
aunque deba agradecerlas cuando lleguen. Esta es sin duda la principal
misión de quienes tienen la tarea de la animación
misionera en la Iglesia local: suscitar la vocación a la
misión y no la persuasión por incrementar la cooperación
económica. Debemos preguntamos por qué en varias naciones,
mientras aumentan los donativos, se corre el peligro de que desaparezcan
las vocaciones misioneras, las cuales reflejan la verdadera dimensión
de la entrega a los hermanos. Las vocaciones al sacerdocio y a la
vida consagrada son un signo seguro de la vitalidad de una Iglesia”
(La misión del Redentor, 79).
4.
Confianza en el dueño de la mies
Los ámbitos donde se inicia la pastoral vocacional deben
ser espacios donde rezuma la certeza de sentirse seguro en las manos
de Dios, Padre, que está empeñado en seguir llamando
a los que “quiere”. Esta certeza es el origen de la
convicción que habitualmente tenemos del misionero como hombre
“bueno”, simplemente bueno, porque tiene puesta su confianza
en Dios que le ama. El misionero es fundamentalmente una persona
con un corazón tan generoso que es “escándalo”
y “locura” para su entorno social y familiar. La gente,
especialmente en África, acostumbra a dar un apodo a nuestros
misioneros, como los cristianos lo hicieron con Juan XXIII, lIamándole
el “Papa bueno”. El misionero no es el hombre perfecto,
sino que se hace perfecto en la misión. La pastoral vocacional
ha de huir del deseo, siempre bien intencionado, de buscar a los
mejores, sino a aquellos que dan muestras de una exquisita bondad.
5.
Vocación sin fecha de caducidad
La persona que es llamada a la entrega total y para siempre en la
vida sacerdotal o consagrada ha de “entrenarse” en la
certeza de que las personas creen en su capacidad de dar un sí
irrevocable. La fidelidad a la palabra y al compromiso es garantía
de la entrega total. La existencia de una vocación misionera
específica reclama una formación peculiar: “Capacidad
de iniciativas, constancia para continuar lo comenzado hasta el
fin, perseverancia en las dificultades, paciencia y fortaleza para
soportar la soledad, el cansancio y el trabajo ¬infructuoso”
(Decreto Vaticano II “La misión a las gentes, AG 25).
Una de las imágenes más conmovedoras de la vida de
los misioneros es su resistencia a volver a la tierra que les vio
partir, arriesgando hasta la vida por él, como la arriesgaron
tantos otros, también hoy. Siendo fiel hasta la muerte, con
una fidelidad cronológica o con una fidelidad “intensiva”
con el martirio. Soñar con gastarlo todo por la misión,
para volver un día al país de origen, si así
Dios lo dispone, pobre, con la salud quebrantada, muy ligero de
equipaje, después de haberlo dejado todo en la misión.
Esta imagen proyecta una luz en la pastoral vocacional: el entrenamiento
de ir despojándose de “cosas”. Sin duda es uno
de los retos más vidriosos en este empeño de promover
vocaciones que pasan por la entrega total. El entrenamiento en el
desprendimiento de cuantas necesidades nos ha creado esta sociedad
consumista es requisito imprescindible para la consolidación
de las vocaciones incipientes.
6.
Vocación misionera que tiene un origen y meta en Dios.
El fundador de los misioneros Combonianos, san Daniel Comboni, decía
que quería un misionero de “rodillas robustas”.
Persona de oración, pero no porque esta sea la garantía
segura de la perseverancia, sino como fruto y expresión de
su convicción de pertenencia. La disponibilidad del misionero
para “ir de un lado para otro” no es una simple opción
obediencial, sino la certeza de saberse instrumento en manos de
quien dirige la Historia de la salvación. Por eso se suele
decir que el misionero vive hondamente la obediencia rebelde de
los santos.
Conclusión
Aunque
suscitar, discernir y cultivar las vocaciones misioneras supone
un servicio de la pastoral vocacional específica, sin embargo
ésta debe enmarcarse en el contexto de la pastoral general,
puesto que “la dimensión vocacional es connatural y
esencial a la pastoral de la Iglesia”. Suscitando la vocación
cristiana en toda su dimensión de santidad y de misión,
se consigue un terreno preparado para recibir y alimentar la vocación
misionera específica. Uno de los medios para coordinar esta
labor vocacional en las diócesis, congregaciones religiosas
o movimientos laicales sea incorporar al equipo de pastoral vocacional
alguna persona que haya vivido la experiencia misionera. Su aportación
será sin duda de un valor extraordinario para incorporar
cordialmente a la dinámica vocacional algunos de los aspectos
esenciales de la misión ad gentes de la Iglesia.
El
padre Pedro Opeka, misionero paúl en Madagascar,
nombrado Caballero de la Legión de Honor de Francia.
Condecoración que le ha otorgado
el Presidente de la República Francesa, en reconocimiento
a 20 años de servicio a los más pobres en Antananarivo
(Madagscar).
La entrega de la insignia, impuesta por
el embajador de Francia en Madagascar, Alain Le Roy, tuvo
lugar el pasado 2 de enero en Akamasoa, la asociación
fundada por el P. Opeka.
Desde CAMINOS DE MISIÓN nos unimos
todos a este merecido reconocimiento.
(Cuando ya teníamos
en máquinas este número de la revista, nos ha
llegado esta noticia, que por su importancia, incluimos aunque
de forma tan escueta).
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