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TESTIMONIOS

Monseñor Emilio Lissón, C.M. Misionero y apóstol de los pobres en el destierro (y III)

Sor María Ángeles Infante, H.C.

Misionero durante su destierro en Roma
El día 20 de Febrero de 1931 llegaba a Roma. Como misionero paúl, se hospedó en la Casa internacional de la vía Pompeo Magno. Solicitó la entrevista con el Su Santidad Pío XI, pero tuvo que esperar bastantes días para ser recibido. Él mismo refiere en sus cartas parte de la conversación mantenida con el Santo Padre y las expresiones que éste le dirigió: «Hemos sabido que en el Perú se dice que no te hemos permitido defenderte. Así es. No te hemos permitido defenderte porque no tienes nada de qué ¬defenderte (No hay contra ti ningún proceso ni acusación canónica de la que debas defenderte ni de palabra, ni por escrito. Es verdad que se han mantenido contra ti algunos cargos, pero éstos considerados separadamente, ni valdría la pena tomarlos en consideración. Ha habido otras circunstancias que me han movido a usar contigo de este procedimiento paterno para tu bien y el bien de tus feligreses. No tienes pues de que defenderte y debes estar tranquilo, porque el acto de dejarnos plena libertad en este asunto, te traerá seguramente mucho bien. Yo te aplaudo mucho por ello)».
Fue destituido como Arzobispo, tras unas informaciones y denuncias de algunos sacerdotes y obispos, llegadas a Roma desde Lima. Dirá, más tarde, en una carta al Padre Verdier, Superior General de la Congregación de la Misión, y lo reiterará en su testamento de 1936, que no le dejaron defenderse, que no le juzgaron y no sabía todavía por qué le habían retirado del Arzobispado. Él había firmado la renuncia el 8 de enero de 1931, antes de salir de Lima, a instancias de Mons. Gaetano Cicognani, Nuncio de la Santa Sede en el Perú, y presionado por la autoridad del representante pontificio. Los motivos de su destitución, en apariencia renuncia voluntaria, provienen de las denuncias llegadas a Roma: a) injerencias políticas; b) fracasos de los delegados arzobispales encargados de la economía, y c) falta de preparación teológica.
Su itinerario en la ciudad eterna fue realmente duro: incomprensiones, soledad y penuria económica; siempre peregrinando de un lugar a otro en busca de trabajo y acogida.
Según investigaciones realizadas recientemente por el P. Domingo Herrero, se ha venido a comprobar que entre las razones para separarle de su sede aparecen también ambiciones y envidias de terceros y arreglos diplomáticos. Como, por ejemplo, ser el primer Cardenal propuesto de habla hispana en América, abundantes medias verdades y otras aspiraciones frustradas. El P. Domingo ha encontrado cartas y documentos relativos al nombramiento de Mons. Lissón como Cardenal de la santa Iglesia. Estas cartas se conservan en Roma, en los archivos de la Embajada de Perú ante la Santa Sede. Entre sus libros y legajos se leen estos textos: «El trece de Marzo de 1924, Mons. Borgognini me declaró: “Si el Gobierno del Perú consiente en hacer renuncia del Patronato Nacional, el Santo Padre no tendría inconveniente, para elevar este mismo año a Mons. Lissón a la dignidad cardenalicia”... “Como tantas veces lo he manifestado a Vd., la concesión de la púrpura romana a Mons. Lissón, sólo depende ya de vuestro Parlamento” (Roma, 19.06.1926). El Cardenal Gasparri en dos oportunidades, manifestó que el reconocimiento de la Santa Sede habrá de consistir en otorgar la sagrada púrpura al Arzobispo de Lima. (Roma, 01.06.1928)».
Pasados quince años de estos acontecimientos, uno de los acusadores le pidió disculpas. Mons. Lissón no se dio por ofendido y se mostró agradecido por la hospitalidad de quien había sido artífice de su destierro.
Mons. Lissón estuvo confinado en Roma durante nueve años. En ese tiempo estudia arqueología e historia eclesiástica. Se dedica a confesar a los seminaristas, sacerdotes y religiosas, da retiros espirituales... y se convierte en guía de turistas para peregrinos. A cambio recibe un salario ocasional y algunas “propinas” por ejercer de “cicerone”. En muchas ocasiones se ofrece tanto a Propaganda FIDE como al Superior General de la Congregación de la Misión para volver a Perú o para ir a otro lugar de África o Asia, como simple misionero. Se siente urgido en su corazón a ir a los lugares más apartados de la selva, no como Arzobispo sino como simple misionero. Pero el Vaticano, sin explicaciones, se niega a que salga de Roma.
Y allí se ve obligado a buscar alguna capellanía con asignación económica mensual. Con el dinero que recibe, más los estipendios de misas que recibe del Vaticano, paga la pensión de su residencia en la Casa de la Congregación de la Misión. Pasó necesidades y hasta llegó a proponer pasar a la Provincia de Roma, como misionero, porque no tenía dinero suficiente para proveer a sus mínimas necesidades.
Sólo la Congregación de las Madres Reparadoras del Sagrado Corazón, de fundación peruana, le dio la ma¬no y le ayudó a vivir con dignidad en Roma. Estuvo de capellán con ellas hasta los últimos días de su permanencia en Italia.
Las cartas de Mons. Lissón a la Madre Teresa expresan la hondura de su forma de vivir el misterio de la cruz. La Madre Teresa es de las pocas personas que en Roma le valoraron, respetaron y sintieron de corazón su partida.
Poco antes de verse Italia asediada por los horrores de la segunda guerra mundial, Mons. Lissón había decidido pedir autorización para viajar a España, donde poder realizar alguna actividad pastoral. Inició su viaje de salida por barco el 24 de mayo de 1940, dejando constancia en su agenda personal de los lugares recorridos y detalles del viaje.

Misionero en España (1940-1961)

En 1940 “se le permite” venir a España. Viene invitado por Mons. Marcelino Olaechea, con la idea de fijar su residencia en el Seminario menor que tienen los PP. Paúles en Pamplona. Había conocido a Mons. Olaechea en Roma, mientras actuaba de “cicerone” en las catacumbas de San Calixto. Estas catacumbas estaban confiadas al cuidado de los sacerdotes salesianos y D. Marcelino Olaechea estaba allí de Superior.
Ante el peligro y las amenazas de inseguridad provocados por la segunda guerra mundial, D. Marcelino, ya obispo de Pamplona, invitó a Mons. Lissón a venir a España. Fue muy bien recibido por Mons. Olaechea, así como por el Cardenal Segura, a quien había conocido también en Roma. A su llegada a España, el 6 de junio de 1940, fue invitado por los Padres Paúles y las Hijas de la Caridad a peregrinar a las tierras de San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Aceptó, agradecido, la invitación, realizada durante los meses de julio y agosto de 1940.
Movido por el único deseo de cumplir la voluntad de Dios y servir a la Iglesia, se establece en Sevilla, en la Casa de los Misioneros de la Congregación de la Misión, y, poco después, en Valencia, junto al Santuario de Nuestra Señora de Monteolivete. El Cardenal Segura le hace que actúe como obispo auxiliar y delegado suyo para procesiones, confirmaciones y fiestas populares de las Cofradías sevillanas. Pero tenía que alternar entre Sevilla y Valencia, ya que también era requerido por Mons. Olaechea. Tanto en una ciudad como en la otra, estaba disponible para el servicio que se le pidiera desde cualquier punto de ambas diócesis.
Durante este tiempo, solicitó en varias ocasiones permiso para volver al Perú, pero siempre le fue denegado desde el Vaticano.
Durante estos años de postguerra había aún muchas diócesis vacantes en España, ya que 13 de sus obispos habían sido perseguidos y asesinados. Conocida su disponibilidad misionera, a través de sus cohermanos de la Congregación de la Misión, es requerida su actividad pastoral por varios administradores apostólicos. Algunos obispos le reclaman como obispo auxiliar, con carácter temporal. Así las diócesis de Sevilla, Valencia, Badajoz, Alicante, Teruel, Albacete, Murcia... pero serán los pueblos y aldeas los que reciban atención especial, en su visita pastoral. Viajaba a caballo, la mayoría de las veces, y otras, en algún automóvil viejo. Muchos pueblos llevaban años sin recibir visita de su obispo, debido a la agitación política de los años de la República y a la persecución de sacerdotes y obispos durante la guerra civil. Muchos niños, jóvenes y adultos recibieron el sacramento de la Confirmación en la visita de Mons. Lissón.
Uno de los sacerdotes acompañantes decía: “Acompañarle es como hacer unos Ejercicios Espirituales”. Y D. Marcelino Olaechea, arzobispo de Valencia, dejó escrito: “Es un santo, de Valencia no sale ni vivo ni muerto”. Los gitanos y pobres de Sevilla que le conocían bien, decían de él: “Monseñó er zanto”. Les daba hasta lo más personal, para que lo vendiesen; hasta su anillo. Ya en Lima, había que “prestarle” las cosas y advertírselo para que, no siendo suyas, no las pudiera dar. Como en el caso del coche.
A pesar de tanta actividad pastoral, le queda tiempo para investigar en el Archivo de Indias de Sevilla. Sus trabajos de investigación son publicados en cinco tomos bajo el título: “La Iglesia de España en el Perú”.
A pesar de la buena acogida, no fue fácil para él la vida en España. Trabajó mucho y hasta el último momento en los ambientes más difíciles. Los compañeros de Congregación que le acompañaron en sus viajes dicen que quedaron impactados por su gran mortificación en todo. Buscaba la gloria de Dios y hacer el bien a todos; lo demás, no le importaba. No siempre fue bien recibido. Pero, pasados los años, en todos los lugares donde estuvo, quienes le trataron y conocieron, llegan a la conclusión de que su conducta era la de un santo.

Misionero y obispo con fama de santo

El 22 de enero de 1931 había salido de su patria, Perú, para no volver más. Nadie ni en Italia ni en España ha escuchado de sus labios una defensa, una crítica, una murmuración. Menos aún un desprecio o una injuria contra los que influyeron en su obligada renuncia. En los archivos de Roma aparecen cartas, fechadas con anterioridad a su deposición como Arzobispo de Lima, que prueban la trama tejida por sus detractores.
Ante estos hechos manifiesta una humildad a toda prueba, un amor lleno de misericordia para sus perseguidores y una extraordinaria caridad para con los pobres, “Lo daba todo”, dicen quienes le conocieron. Faceta de su virtud heroica es el silencio sobre sus “enemigos”, y detractores, teniendo siempre ante su mirada la consigna de Jesús sobre el perdón a los enemigos.

A cambio del capelo cardenalicio, el destierro

Ante los rumores de que su nombre había sido propuesto para Cardenal, algunas personas de su entorno más cercano hicieron llegar a Roma cartas con acusaciones muy notorias, carentes de fundamento.
Los últimos trece años de su vida tuvieron como escenario la diócesis de Valencia. A partir del año 1958, la salud de Mons Lissón comenzó a resentirse y a flojear. Las fuerzas le iban abandonando. En 1960 se quedó sin casi poder hablar, era difícil entender lo que decía, aunque su cabeza le rigió hasta el fin. El último año de su vida ya no pudo celebrar la santa misa a diario y hubo de contentarse con la sagrada comunión.
Durante su enfermedad, pasaba el día entero con el rosario en la mano desgranando Ave Marías por las necesidades de la Iglesia. Leía el libro de la Imitación de Cristo de Tomás Kempis, y pasaba largas horas en oración ante el Sagrario.
Le llegó la muerte en el Palacio arzobispal de Valencia, el día 24 de diciembre de 1961, después de quince días en estado de coma. El día 26 de diciembre se celebró el funeral en la Catedral, presidido por D. Marcelino Olaechea. Multitud de sacerdotes, religiosos y fieles llenaban la Catedral. Entre ellos una representación numerosa de Hijas de la Caridad y de Misioneros paúles. Fueron muchas las voces que exclamaron: “Ha muerto un santo”. Y con este sentimiento fue enterrado en la cripta de la Catedral de Valencia.
Muchos sacerdotes y religiosos de Sevilla, Valencia y Madrid han expresado sus testimonios de edificación en torno a la virtud heroica de Mons. Lissón.
El 24 de Julio de 1991, treinta años después de su muerte, volvían sus restos al Perú, a su Arquidiócesis de Lima, de donde había salido y a la que no pudo volver nunca en vida. Fueron recibidos por los Obispos peruanos, sus cohermanos de la Congregación de la Misión, una buena representación de Hijas de la Caridad, sacerdotes y fieles, como las reliquias de un santo. En Febrero de 1992, los 55 Obispos de la Conferencia Episcopal Peruana, después de un largo debate, votaron, por unanimidad, que era necesario iniciar los pasos para introducir la causa de canonización del que fuera vigésimo séptimo arzobispo y metropolitano de Lima, el misionero Paúl, Mons. Emilio Lissón. Y en ésas estamos.

   
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